La aurora boreal de Don Bartolomé E. Almada

Por Josué Barrera

Si bien la historia de Sonora está llena de extranjeros, enfrentamientos y escenas violentas, pocas veces se encuentran descripciones detalladas sobre fenómenos naturales. Lo que escribió Don Bartolomé E. Almada el 1 de septiembre de 1859 en Álamos, Sonora, se puede considerar uno de los paisajes literarios más bellos que tiene el estado en su historia escrita.

Don Bartolomé E. Almada fue un alamense que estudió en Guadalajara y fue nombrado, en varias ocasiones, diputado por su estado. Era socio de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y estuvo comprometido con la ideología de Juárez. Aparte de la publicación de algunos artículos en la prensa nacional, entre 1859 y 1863 escribió un diario, en donde relata su vida política y personal en Álamos, Mazatlán y Ciudad de México.

Este diario se publicó en inglés en 1963 por Carlota Miles y nunca se ha publicado en español. En sus páginas podemos conocer de cerca una parte de la vida cotidiana de Álamos, e identificar las impresiones los sucesos sociales más importantes de Sonora.

Aunque la tradición de escribir diarios en suelo sonorense se remonta a los primeros exploradores que cruzaron el territorio, hasta hoy se conocen pocos diarios escritos en el siglo XIX. El paisaje que escribe don Bartolomé, corresponde al primer día de su diario.

1 de septiembre de 1859

La aurora boreal, que había sido observada el 28 del mes pasado, apareció gradualmente de nuevo desde a las nueve de la noche, pero el primero fue solo un precursor de esta última. Estaba sentado en un banco en la plaza desde que comenzó hasta aproximadamente la una de la mañana, y la luz iba extendiéndose hasta cubrir todo el norte, avanzando hasta llegar muy lejos hacia el este y el oeste, de modo que más de la mitad del globo era como un horno ardiente que iba más allá del cenit. Entonces apareció en el norte un arco muy brillante de azul cielo, y el resto era de color llama; después de eso surgió un rayo luminoso, que se extendió por todo el cielo, y más y más siguió, como si alguien tocara las teclas de un piano, y la aurora se volvió más hermosa. La noche era como el amanecer; los edificios parecían indistintos, todos iguales a lo lejos, como si el sol fuera a salir, y parecía como si se rompiera a partir de ese arco. Las personas podrían ser reconocidas desde muy lejos vistos a media luz, que era como el amanecer. Esos rayos, que formó una especie de aureola, se desvaneció y apareció de nuevo intensamente, para desvanecerse y reaparecer con mil cambios hasta la hora mencionada. A partir de entonces los rayos se fueron y, sin embargo, la atmósfera se hizo más brillante, invadiendo casi toda la bóveda del cielo, que parecía hierro al rojo vivo hasta que amaneció. Tal era el color ardiente de la luz, que incluso se sentía cálido. Desde la una de la mañana hasta el amanecer lo observé desde mi cama.

*Traducción libre de Josué Barrera. Ejemplar de la Biblioteca del Septentrión.

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