Un cuento perdido en el siglo XIX

Por Josué Barrera

El cuento “El juramento” se publicó en dos periódicos de Estados Unidos en 1880. Su autor fue Hilario S. Gabilondo, oriundo de Ures y pionero en la poesía y narrativa sonorense, pero olvidado en la historia de la literatura.

Sonora tiene una gran tradición en la escritura de narrativa, desde los primeros exploradores que cruzaron el territorio, pasando por las crónicas jesuitas, los diarios franciscanos, hasta los extranjeros que vinieron con la finalidad de obtener ganancias económicas. Todos ellos relataron sus impresiones, describieron sus hazañas y contaron un gran abanico de historias.

Sin embargo, el cuento, como género literario, por lo general se menciona a partir de la Revolución Mexicana con algunos textos que oscilan entre crónica y relato. Tal es el caso de Djed Bórquez quien coqueteó con el género en diferentes fragmentos de su libro Sonot, en 1929, sin ser considerado como tal, ya que en su totalidad, el libro se inclina más hacia la crónica costumbrista.  

Si bien el primer libro de cuentos publicado por una persona de Sonora es Cuarto de hora de Enriqueta Montaño de Parodi en 1936, no es la autora del primer cuento escrito por alguien de Sonora. Una posible respuesta a esta pregunta la podemos encontrar en el siglo XIX, entre los autores que publicaron en periódicos.

Hasta el momento, el texto más remoto que he encontrado y que cumple con los elementos necesarios para ser considerado como cuento, es “El juramento” de Hilario S. Gabilondo, publicado, al parecer, en dos periódicos norteamericanos en 1880: La República en San Francisco y El Fronterizo en Arizona. Así lo documenta Armando Miguélez en su tesis de doctorado Antología histórica del cuento literario chicano (1877-1950), presentada en la Universidad de Arizona en 1981, y lo reafirma Abraham O. Valencia Flores, en su tesis “Hilario S. Gabilondo: Libre enseñanza, libertad de profesiones y kraukismo en México”, presentada en la Universidad Nacional Autónoma de México en 2013.

Tanto del autor como del texto se sabe poco. De él se conoce que nació en Ures en 1848 y fue hijo de un reconocido militar y político sonorense. Estudió en Hermosillo y rápidamente fue conociendo diferentes ciudades de Estados Unidos. A los 22 años fue nombrado Juzgado del Distrito de Sonora por el Ministro de Justicia José María Iglesias. Dos años después fue Diputado por Sonora en el Congreso de la Unión, entre otros puestos políticos que ocupó en la capital del país. Fue dueño de empresas mineras en Cananea. Murió a los 45 años en 1893.

En 1878 publicó el libro de poesía Murmullos vagos, que integra textos escritos a partir de 1871. En 1880 publicó el cuento “El juramento” con notables influencias románticas. En 1882 publicó Historia del Crimen de Tacubaya, que ha sido catalogado como crónica jurídica, pero que también tiene elementos de crónica periodística. Dentro de su labor como escritor, también se conoce que tradujo poemas polacos.

Respecto al cuento señalado, solo existen las dos referencias descritas. En vida de Gabilondo no se recopiló en ninguna antología y por más de un siglo estuvo escondido en periódicos norteamericanos, lo cuales, hay que decirlo, no se han podido consultar de manera directa. Pero esto no es pretexto para no conocer “El juramento”, un cuento que escribió Hilario S. Gabilondo alrededor de los treinta años, tal vez sin saber la importancia que tendría en un futuro.

A continuación leamos dicho cuento:

EL JURAMENTO

Hilario S. Gabilondo

Una tarde del mes de mayo, paseábame por las calles de la Alameda. La brisa impregnada de perfumes aromatizaba el ambiente y hacia ondular el follaje de los árboles plantados a lo largo de las avenidas. Me senté después de un rato de dar vueltas. Escogí una de las glorietas que están frente al jardín de Morelos, porque por ese rumbo, en las tardes transita poca gente. Se oía a lo lejos el rumor de los carruajes que pasaban por la avenida “Juárez” para el paseo de Bucareli, y a mi alrededor sólo se escuchaba el ruido de los cascabeles de los carros del ferrocarril urbano, o de algún coche cuyo dueño prefería ir a disfrutar de las bellezas del pintoresco barrio de San Cosme, o ir a ver ese amontonamiento de coches que llaman paseo y que al mirarlo en pausado desfile, más que de paseo dan aspecto de fúnebre acompañamiento.

Dicen que los artistas, los poetas y los enamorados aman la soledad. Y a fe que tienen razón. Las entrevistas del alma consigo misma, o la contemplación de la naturaleza a esa hora en que empiezan a desvanecerse todos los rumores, en que solo se tienen por testigos a los árboles que murmuran, a las flores que perfuman, a los pájaros que cantan, a los celajes que se descorren en mil caprichosos cortinajes, tienen encantos que aún no se definen con la mezquindad del lenguaje.

Absorto en mis meditaciones, no había reparado en una conyugal pareja que cerca de mi estaba, entretenida en ver cómo corrían dos chiquillos que montados en descomunales velocípedos, iban, venían y sudaban con gran contento suyo y satisfacción de los autores de sus días, quienes los seguían con la vista sin perder el menor de sus movimientos.

Distrájolos de su atención una persona que por allí acertó a pasar, señora de noble porte y digna gravedad, a quien acompañaba una criada a cierta distancia. Saludó a la madre de los niños, y ésta le contestó con uno de esos movimientos de mano acompañados de una sonrisa, tan graciosos y tan característicos de las mexicanas. Pero al contestar aquel saludo, prorrumpió en una exclamación que sólo pudo ser oída por personas que muy cerca estuvieran.

“¡Pobre Ángela, cuánto ha sufrido!” fue lo que yo pude percibir. E involuntariamente se dirigieron mis miradas hacia aquella mujer, que se alejaba, perdiéndose entre la sombría arboleda, con esa simpatía natural que inspiran todos los que sufren.

“¡Pobre! y ¿por qué?” preguntó el esposo. “¿No conoces su historia? Pues escucha”.

Y lo que entonces percibí, prestando atento oído a cuanto se decía, es lo que voy a referir a mis lectores.

I

Era bella con esa belleza triste y melancólica de la compañera de Hamlet.

Su talle tomaba una graciosa inclinación al andar, cual esbelto eucalyptus agitado por las brisas crepusculares. Sus ojos, grandes y azules, tenían una expresión de inefable dulzura. Cuando fijaba su mirada límpida y serena, o al cielo la elevaba, parecían sus ojos de enormes turquesas, circundadas de un fleco de oro. Ensortijados y rubios cabellos caían sobre su cuello alabastrino, y sus mejillas sonrosadas tenían el suave aterciopelado del albérchigo.

Sus padres le habían puesto por nombre María de los Ángeles. Tenía diez y siete años y era la casta azucena que perfumaba el santuario de su hogar.

Alboreaba su vida con esa diafanidad que tiene el cielo en una mañana de primavera, sin que la más ligera nubecilla venga a empañar su purísimo azul.

Conversaba con sus pájaros en el jardín; todos los días al apuntar el primer rayo de sol, les llevaba en la falda granos de trigo que ellos bajaban en bandadas a picotear. Después se subían a las copas de los árboles, y en regaladas notas y en armoniosísimos acentos parecían expresarle su gratitud.

Cuidaba sus flores con una solicitud delicada y tierna que es el rasgo distintivo del carácter de la mujer.

Las ventanas de su cuarto que daban al jardín veíanse cubiertas de yedra y madre selva que parecían ascender trabajosamente hasta su virginal alcoba, para enviarle sus perfumes en cambio de sus amorosos cuidados.

Un pequeño escaparate conteniendo las obras de Bernardino de Saint-Pierre y Lamartine, unos estudios de paisaje del hermosísimo Valle de México; un piano alemán sobre suyo atril se vela abierta una Revense de Chopin, formaban el menaje de aquel retrete.

Y allí, en aquella pequeña estancia, lejos del mundo en medio de las brisas campestres, al terminar sus labores domésticas, después de recibir la bendición de sus amorosos padres y elevando su alma a Dios adormíase en blanco lecho la púdica doncella, la dulce M aría, conversando con los ángeles sus hermanos.

II

Era hermoso, con esa hermosura con que Byron se imaginó a D. Juan.

Cubierta con morisco turbante su cabeza y envuelto en blanquísimo alquicel, creyérasele un caballero árabe que viniera de recorrer las abrasadas arenas del desierto.

Sus ojos negros daban idea de los ojos del ciervo. Reflejábase en ellos la vehemencia de sus pasiones, y en los destellos de su mirada, adivinábase el Otello de Shakespeare.

Descendiente de acomodada familia, había ido Ernesto a recibir esmerada educación a la Universidad de Heidelberg. Pasaba las vacaciones en uno de esos legendarios y góticos castillos que se ven a las márgenes del Rhin, e hijo del Mediodía, por su raza y su nacimiento, después de concluidos sus estudios fue a visitar la tierra de sus progenitores la poética Andalucía, y de allí pasó a Nápoles, recorrió la Italia, visitó las principales ciudades del norte de Europa y vino a México después de muchos años de ausencia.

Sus padres habían muerto, dejándolo dueño de inmensa fortuna. Pasaba el tiempo en medio-de los fastuosos places que su posición le proporcionaba y los domingos dardo alas a su genio vagabundo y emprendedor, salía al campo para entregarse a su pasión favorita que era la caza. M ontaba un caballo inglés de raza pura, y sin más compañía que dos valientes perros, lanzábase desde el amanecer a buscar Entre los montes, algún venado que sacrificar a su incansable afición.

III

Un día del mes de julio, en que como acostumbrara Ernesto, había salido a hacer sus largas correrías de caza, extravióse de su sendero aguijoneado por el deseo de dar alcance a una enorme res, que tan difícilmente se encuentran en los alrededores de México. Tuvo que dar un largo rodeo para tomar el camino real ya cerca de la puesta del sol. Negros y densos nubarrones cubrían el horizonte, dardo al cielo ese color apizarrado que indica la proximidad de recia tempestad. Faltaba mucho para llegar a la ciudad y todas las probabilidades estaban porque la lluvia le sorprendiera en su trayecto. A un lado del camino y en medio de tupido bosquecillo de fresnos, divisó una alegre casita de campo, una especie de chalet suizo, que indicaba la radicación de esas propiedades rústicas que por tener poca extensión de terrenos se denominan ranchos. Dirigió hacia allá el paso de su caballo, para pedir una corta hospitalidad mientras pasaba el furioso turbión que desprendía ya las primeras gotas de agua.

Llamó a la puerta, y el dueño de la casa en persona vino a abrirla. Era un hombre cuyo aspecto revelaba la madurez de la edad; pero cuya cabeza cubierta de canas, era un indicante de los rudos combates que en la vida había tenido que sostener. Manifestado que hubo el objeto de su llegada, serle hizo pasar al interior, y fue introducido a una pequeña sala adornada con gusto y sencillez. El cazador dio su nombre, que era demasiado conocido, y fue presentado a la esposa y a la hija del huésped que en la sala se encontraban. La vista de María sorprendió al recién llegado de un modo extraordinario. Ni remotamente sospechaba que en aquel apartado retiro, pudiese esconderse tan encantadora mujer. Recordó involuntariamente aquellas bellas y blondas vírgenes de las baladas cantadas en tiernísimos versos por los poetas alemanes, y a su memoria se agolparon los ensueños que la mente forja en esa dichosa edad de la adolescencia que pasa para no volver.

Generalizóse la conversación, de esa manera espiritual y agradable que hace tan grata la sociedad de personas bien educadas y cuando a esa circunstancia reúnen el talento. Ernesto veía con profundo sentimiento que la tormenta desapareciera, que el cielo sereno y despejado dejara cintilar las primeras estrellas, y temeroso de abusar de la hospitalidad de sus buenos amigos, se marchó, no sin haberse hecho de ambas partes los ofrecimientos que son de rigor entre personas de buena educación, pero que en esa vez carecían de la banalidad de los cumplimientos por ser cordialmente sinceros. Volvió Ernesto el domingo siguiente y el otro, y el otro, y las visitas fueron más y más frecuentes hasta ser diarias.

IV

Una tarde del mes de abril, a esa hora en que el sol se va sepultando en el ocaso, dejando su lugar a la sombra que va invadiendo todos los objetos, con las ventanas abiertas para el bosque que dejaban penetrar las oleadas de perfumes que del jardín se exhalaban, y permitían escuchar ese rumor de las hojas de los árboles mecidas suavemente por las auras y que semejan en su murmullo a las olas que van a expirar sobre la arena de playa cuando la mar está en calma, María estaba sentada al piano y Ernesto a su lado le pasaba las hojas. Tocaba una balada de su autor favorito, de Chopin. Estaban solos. Hubo un momento en que las notas se fueron oyendo lánguidas y tristes cono prolongado gemido, en que parecía llorar el músico polaco las inmensas desgracias de su patria herida y despedazada; los acentos del piano tomaban el tono de desgarradora elegía y la expresión del dolor crecía, se agrandaba, hasta parecer los gritos de un alma llorosa y angustiada. Ernesto cayó de rodillas y quedó, muy quedo como si hablara consigo mismo, arrobado en éxtasis divino, murmuró estas palabras que salían del fondo de su corazón: “María, yo te amo”. Y María con sus dedos de nieve y rosa recorría el teclado y los sonidos del piano fueron tiernos y dulces como un idilio y el canto trocó en un himno de amor y de esperanza, mientras la doncella con el carmín del rubor en las mejillas detenía sus grandes y hermosísimos ojos azules sobre Ernesto, que arrobado y con religioso respeto la miraba. Y aquellas almas en mística alianza se juntaron, como deben unirse los espíritus en lo alto de los cielos.

V

En una alcoba, tristemente alumbrado por la tenue y mortecina luz de una lámpara, vese a un hombre, herido de mortal dolencia, que desahuciado por los facultativos, espera al solemne momento de abandonar este valle de amarguras para tender su vuelo por el infinito. Junto a su lecho están dos mujeres anegadas en llanto, que siguen con ansiedad los más pequeños movimientos del enfermo. A su lado, y de pie, está un joven visiblemente emocionado, haciendo esfuerzos supremos por contener las lágrimas que saltan de sus ojos.

Haciendo un extraordinario impulso, irguiéndose en su lecho el moribundo, pronunció estas palabras: “Ernesto, me habéis pedido la mano de mi María, y os la he otorgado, porque os creo digno de ella. Yo veré vuestras bodas desde el cielo. Juradme que seréis su esposo y su amparo en el mundo”. “Lo juro”, murmuró Ernesto con una voz que entrecortaban los sollozos. El paciente, al oír aquellas dos palabras, inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró sus ojos que no volvieron a abrirse más que en la eternidad.

VI

La casita de bosque de fresnos está cerrada. Pavoroso silencio reina en su recinto y tan solo el rumor de las parleras golondrinas turba el reposo en que yacen sus moradores. Las flores del jardín caen mustias y marchitas porque no tienen ya a su cariñoso amigo que a cuidarlas venia en tiempos más felices. La yedra y la madre-selva secas y enfermizas no se yerguen ufanas en las paredes y loa pájaros desde las copas de los árboles pían tristes y quejumbrosos como cuando han perdido a sus compañeras. El piano ha mucho tiempo que no resuena con sus dulcísimos acentos. En la sala que conocemos, dos mujeres vestidas de riguroso luto, puestas de rodillas elevan sus preces al Todopoderoso. Terminadas sus oraciones y con los ojos preñados de lágrimas, se unen en estrecho abrazo.

María ha envejecido diez años. Su madre la contempla con inmenso dolor y la dice: “Es menester que olvides a ese hombre; hoy hace un año que murió tu pobre padre, que bajó al sepulcro con la confianza de que haría tu felicidad, y en vez de cumplir su juramento, te ha abandonado por seguir un amor criminal.

“¿Le amarás aún?”

“Madre, todavía le amo; y ojalá pudiera contribuir a su felicidad, aunque él haya hecho mi desventura”.

VII

Ese mismo día presentaba un aspecto enteramente diverso la casa de Ernesto. Había reunido a sus amigos, a quienes ofrecía un espléndido banquete. El cielo estaba encapotado, y nubes cargadas de electricidad recorrían el cielo en todas direcciones, pero eso no impedía que la fiesta estuviese animada por los vapores del Champagne.

Ernesto anunciaba a sus amigos la conquista que había hecho.

Era correspondido de una de las más lindas y notables cantantes de la Compañía de opera que acababa de llegar a México, y que estaba haciendo verdadero furor entre esos individuos desocupados que hacen una especie de profesión de la vida licenciosa y disipada.

Concluido el festín, Ernesto se dirigió a la casa de la cantatriz. El recuerdo de la pobre y amorosa huérfana no venía a importunarlo y cuando alguna vez se presentaba a su memoria, lo desechaba como una impertinente reminiscencia.

Ernesto era esperado con ansiedad. Tenía oro en abundancia, y eso bastaba para ser objeto de los halagos de la mujer con cuyo amor estaba tan ufano.

En poco tiempo había logrado aquella ejercer sobre él una verdadera y decisiva influencia. Lo arrastraba tras de sí, como obligado satélite, y había pensado en llegar a poseer el nombre y la fortuna del ciego y enamorado doncel. Reclinada indolentemente en un sofá, oía las protestas de su amante, y de súbito incorporándose le dijo:

-“Tú no me amas; si me amaras, me ofrecerías tu nombre”.

-“Te daré mi nombre y mi fortuna”.

-“Júramelo”.

-“Lo juro”.

Al acabar de pronunciar estas palabras, oyóse una horrorosa detonación: una descarga eléctrica retumbó en los aires y que se repercutió en la estancia, inundándola con un resplandor rojizo, mientras las nubes se desgajaban en torrentes de lluvia…

La estancia de la diva presentaba un lúgubre aspecto. Al despertar del paroxismo que le produjo el rayo, se encontró con el cadáver de Ernesto que a sus pies yacía, amoratado, negro.

VIII

Unos cuartos amigos acompañaron el cadáver de Ernesto al panteón de San Fernando. La cantatriz lo sustituyó con otro el día siguiente.

Han pasado muchos años, y hoy todavía después de oír la misa del alba, se ve una mujer rubia, vestida de negro, que sale del templo de San Fernando todos los domingos penetra al panteón, y atravesando por aquellos corredores de la muerte, va a depositar una corona de “pensamientos” sobre un sepulcro olvidado, cuya lápida esta deslustrada por la intemperie.

Publicado:

El Fronterizo (Tucson), 24 oct. 1880, p. 4 y 7, y 7 nov. 1880, p. 4, col. 2-3.

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