Crónica de la expulsión

Josué Barrera

Uno de los episodios más desconocidos e injustos en la historia de Sonora es la expulsión de los jesuitas. De ser la máxima autoridad moral en el Noroeste de la Nueva España, de un día para otro los padres se convirtieron en prisioneros. Desde entonces, la mayoría de aquellos hombres que lograron sobrevivir a la odisea de la expulsión, pasaron el resto de sus vidas en silencio.

Basado en el libro La expulsión de los jesuitas de las provincias de Sonora, Ostimuri y Sinaloa en 1767 de Alberto Francisco Pradeau, relataremos brevemente el camino que siguieron los jesuitas en su destierro.

Los padres de las misiones del norte llegaron al Colegio de Mátape el 18 de agosto. Los del sur, estuvieron recluidos en Huirives hasta el 19 de agosto. Ambos grupos, conformado por 51 hombres de fe, 30 de Sonora y 21 de Sinaloa, se reunieron en Guaymas en septiembre, en donde estuvieron viviendo en condiciones insanas por 8 meses, durmiendo en corrales, bajo la lluvia y junto a diversos animales.

El 19 de mayo de 1768 se embarcaron rumbo a Baja California a donde llegaron el 12 de junio. De ahí salieron el 15 de julio rumbo a San Blas, Nayarit, arribando el 9 de agosto. Caminaron hacia Tepic llegando el día 12. Ahí estuvieron hasta el 21 del mismo mes. El 22 llegaron a Ahucatlán y el 23 a Ixtlán del Río. El 1 de septiembre pasaron por Jalisco llegando el 6 al pueblo de Tequila. El 10, aproximadamente, entraron a Guadalajara. Permanecieron en la hacienda jesuita de Toluquilla hasta enero de 1769. Los jesuitas que conservaban buena salud se fueron a Veracruz y llegaron a España el 26 abril. El segundo grupo llegó a Veracruz en febrero, arribaron a Cuba en donde estuvieron varias semanas y finalmente llegaron a España el 10 de julio y fueron internados en el Hospicio de Santa María.

Un punto principal de la expulsión fue la prohibición de hablar o escribir al respecto. Quien lo hiciera, sería encarcelado. A cambio del silencio, se les otorgó la cantidad de 100 pesos anuales a manera de pensión. Los padres que sobrevivieron, pasaron sus últimos años en Europa extrañando el Noroeste de la Nueva España y sin poder hablar de ello. Por tal motivo los testimonios de este suceso son escasos. Se cuentan tres textos escritos de manera directa por sobrevivientes que estuvieron laborando en el territorio sonorense, y que por lo tanto abonan a la historia de la escritura en Sonora: Francisco de Ita, quien envió la crónica de su aventura al padre Antonio Sterkianowski, el diario del padre Bernardo Middendorf y una elegía escrita por el jesuita Jacobo Sedelmayr.

La escritura fue la única vía para dejar constancia de un hecho tan atroz. La palabra en contra del olvido.

Lo que leeremos a continuación “quedó consignado por el padre Francisco Ita desde el puerto de Santa María, España, el 13 de octubre de 1770, en una muy explícita carta dirigida al P. Antonio Sterkianowski, misionero de Norogachi en la Tarahumara Alta, autor de la narración inédita Destierro de los jesuítas misioneros de Sinaloa y de la Tarahumara, escrita de 1780 a 1781. Este importante documento —la única historia del destierro de los misioneros de Sonora que se conoce— fue encontrado por el Dr. Herbert Eugene Bolton, en Florencia, Italia, quien obtuvo copia fotostática. El manuscrito original se halla hoy día en la Biblioteca Nacional en Roma.”

Del manuscrito del P. Antonio Sterkianowski, capítulo 14, se transcribe la versión jesuíta escrita por el misionero Francisco Ita, que dice:

Guaymas es un arenal desierto al poniente de Sonora en la costa del Golfo de California; al norte, en la misma costa, está la Nación de los Seris, famosos enemigos de los españoles, los cuales había determinado España conquistarlos por las armas después de la expulsión de los jesuitas; y por eso hicieron allí unas casitas chozas, para que sirviesen de habitación a la tropa que había de venir de México, saliendo desde allí a hacer la pretendida conquista. Esas casitas estaban hechas de palos y lodo y unidas unas con otras con la dirección de cuatro filas en cuadro, formando en medio un gran patio, o por mejor decir un gran corral, pues servía para recoger allí animales, caballos y ovejas. Sirvió también de prisión para los misioneros ese corral con algunas de las casitas, las cuales no teniendo ninguna entrada ni salida por la parte del campo, se entraba en ellas por el corral en cuyas cuatro esquinas tenía sus aberturas o salidas abiertas y allí había cuatro centinelas, uno en cada esquina. Por lo que toca a la capacidad de dichas habitaciones, eran tan bajas que poco excedían en lo alto a la estatura de hombre regular; por otra parte, siendo de suyo muy estrechas, las estrecharon más, haciendo de cada una de esas casitas cuatro o cinco divisiones para colocar en ellas otros tantos sujetos, como en efecto lo hicieron. Por ese motivo estaban tan estrechos y tan oprimidos en aquellas casitas, o por mejor decir, en aquellas cavernas los misioneros que uno de ellos lo explica con estos términos: Loci ad sepulturae dimensionem angustia (de medida tan estrecha como una sepultura). Trabajo sin duda era estar en tanta estrechez, pero era necesario aguantarla y no salir de aquellas cavernas ni aun para el corral no sólo de noche, en tiempo de dormir, mas también casi todo el día, porque en aquel clima ardientísimo son insufribles los rayos del sol, especialmente fermentado allí su calor y engruesado el aire con los vapores de los excrementos y orines de los animales. Así estaban reducidos a tan corto espacio en aquellas miserables casitas cuyos techos, aunque estaban sostenidos en el medio por troncos de árboles en lugar de columnas, cuando menos se pensaba se desplomaban. En esas cavernas y en ese corral estuvieron encerrados 31 misioneros de Sonora y 20 de Sinaloa. En los casi nueve meses que estuvieron en tan estrecha y penosa prisión, estuvieron privados de toda comunicación, con tanto rigor, que ni aun a los soldados que hacían la guardia se les permitía hablar con los misioneros, no dejando entrar sino a los animales en cuya compañía estuvieron todo ese tiempo. A más de los caballos y ovejas que habían en el corral, estaban las habitaciones inundadas de ratones cuyo número era tal, que un misionero para indicar la gran multitud, los llamaba “ejército de ratones”. Ni les faltaba tampoco la compañía de otros insectos como después veremos. De esos trabajos, y de otros que se especificarán, el mayor de todos, y el que hacía insufribles las penalidades, era el temperamento de Guaymas, el cual, con sus malas cualidades, enfermó a los misioneros.

Las referidas habitaciones o cavernas en que fueron encerrados los misioneros, estaban vecinas al mar, del cual, y de los esteros que en su orilla había, el excesivo calor de aquel clima hacía levantar gran cantidad de salobres exhalaciones, las que añadidas al agua salobre que les daban a beber, causaron el escorbuto de que fueron acometidos los más de los sujetos, con la serie de molestísimos síntomas que trae consigo dicha enfermedad; bien que, como suele suceder, la gravedad variaba, siendo menor en unos y mayor en otros. Este malestar hizo más sensibles los trabajos y penalidades, porque es principio asentado que los trabajos son ligeros para un cuerpo sano, pero graves para quien no está bien de salud. ¿Qué diremos de esos misioneros cuyas penas no fueron leves sino graves? Y sin embargo de eso, pudieron por ventura tenerse por tolerables, si el terreno y aire de Guaymas a más de la sobredicha agua y vapores salobres no tuviera otros muy penosos inconvenientes y propiedades malsanas que debilitan y enferman a los cuerpos. Le oí a un doctor médico que el peor temperamento es el caliente y húmedo; estas dos particularidades, que son el principio y causa de toda corrupción, las tiene en grado muy eminente el clima de Guaymas. Es de aquellos temperamentos que en la América llaman calientes y húmedos, en los que el calor es tan excesivo que el día más ardiente de verano en Europa no excede, y quizás no llegue al ordinario calor del invierno de aquellas partes. Aunque la humedad de todos esos climas es muy grande, creo que el de Guaymas es de aquellos que la tienen con más exceso. He sabido por persona fidedigna y práctica de aquellos países que en las noches cae un rocío tan espeso que chorrea de los árboles como si hubiese llovido. Esa combinación de excesivo calor y humedad, aunque parece fácil de entenderse, juzgo que por más que lo quiera explicar no lo entenderán quienes no lo hayan experimentado. Las penalidades sufridas en Guaymas son más fáciles de imaginar que describirlas.

La expulsión de los jesuitas de España en 1767 - Resumen

Pocos han escrito sobre este episodio. En los años siguientes de su expulsión, estuvo prohibido hablar de los jesuitas. Gran parte de sus archivos y documentos terminaron en bibliotecas de Europa, otra buena parte de sus testimonios se perdieron en el transcurso de su peregrinaje hacia varios puntos del mundo por falta de cuidados o fueron tirados por los soldados.

El padre Ignacio Pfefferkorn relata lo siguiente:

Nos quitaron nuestras cartas, perdí mis escritos al igual que mis compañeros, sintiendo más que todo mis notas sobre la región en que había vivido; sin embargo, logré salvar de la rapacidad española en Sonora, [La] Habana y España, parte de mis apuntes y con éstos regresé a Alemania.

Las misiones que dejaron fueron motivo de robo por parte de los pobladores. Se perdió tanto obra pictórica y objetos religiosos, como obra literaria. Simplemente desapareció.

A mitad del siglo XIX surgió una reinvidicación histórica del papel de los jesuitas en la Nueva España, y poco a poco los investigadores de la época fueron descubriendo, conociendo y publicando los textos que encontraron. Muchos otros aún continúan inéditos. Algunos historiadores aseguran que su labor en la Nueva España influyó en generar una primera conciencia del “ser mexicano”, lo cual derivó en la Independencia de México cuarenta años después de su expulsión.

Nos falta conocer más del padre Adamo Gilg, Ignacio Pfefferkorn, Jacobo Sedelmayr, Francisco Ita, Juan Nentuig, por mencionar algunos. Sonora tiene una deuda histórica con estos actores religiosos ya que no podemos concebir el estado sin la imagen de las Misiones, de la sierra sonorense y sobre todo de Eusebio Francisco Kino. Abrieron caminos, conectaron nuestro territorio con el resto del mundo y nos enseñaron a leer y escribir bajo la sombra de la cruz y con el sonido de la campana. Sus historias no pasaron oralmente de generación tras generación o en pinturas rupestres. Conocemos sus hazañas porque las dejaron escritas. Aunque no fueron los primeros en practicar la crónica o el diario de viaje en nuestro territorio, sí fueron los primeros en escribir sobre la cotidianeidad, acerca de lo que sucedía en casi todos los lugares del estado y en describir la relación entre la práctica religiosa y los grupos originarios, es decir, el proceso de aculturación. Ese fue su gran aporte a la escritura. Al abandonar el territorio, cerraron un capítulo de nuestra historia.

La enseñanza religiosa cambió por la explotación minera. El catequismo por un comercio cada vez más conectado con el centro del país. Se inició el cobro de impuestos, se abrieron nuevas rutas de comercio y los españoles por fin pudieron obtener tierras. Empezaron a llegar obispos, frailes y familias extranjeras. Con estos cambios iba cerrando el siglo XVIII, para dar paso a un siglo convulso, palpitante y sangriento. La forma de vivir cambiaba junto con la escritura, la lectura y la experiencia literaria.

Bibliografía:

-López Castillo, Gilberto. “Los procesos de secularización y expulsión de los jesuitas de Sinaloa y Sonora, 1722-1769”, publicado en IHS. Antiguos Jesuitas en Iberoamérica.Vol. 7, No. 1, enero-julio 2019.

Pradeu, Alberto Francisco. La expulsión de los jesuitas de las provincias de Sonora, Ostimuri y Sinaloa en 1767. Editorial Porrúa, 1959.

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