Los primeros exploradores

Por Josué Barrera

Esta parte de la historia se ha contado muchas veces, sin embargo sigue causando asombro generación tras generación. Son historias y personajes que no terminan de sorprendernos por el arrojo al explorar territorios desconocidos y su idealismo al buscar las grandes ciudades de oro en medio del desierto.

Sonora ha sido visitado por innumerables viajeros que lo han atravesado bajo el sol intenso en medio de historias de todo tipo: tesoros ocultos, pueblos encantados, razas ancestrales, mujeres cautivas y santas, hombres bárbaros y revolucionarios, pinturas rupestres, yaquis que se volvieron sahuaros, invasores franceses, animales casi fantásticos como la caguama y la marsopa. Sonora ha vivido constantemente entre la realidad y la fantasía. Por eso no es de extrañarse que para ojos foráneos, desde Eusebio Francisco Kino hasta Roberto Bolaño, Sonora resulte un territorio enigmático.

Si concebimos la literatura como escritura, la práctica de ésta en el estado nos remite a los textos que los exploradores españoles escribieron en forma de cartas, diarios de viajes, informes o crónicas al pasar por la región durante la segunda mitad del siglo XVI. Mientras que algunos de estos textos se publicaron pocos años después, la mayoría tardó varios siglos para ser publicados en forma de libros. Un punto relevante de esta literatura es que se escribió después de realizar el viaje. Es decir, no se escribió en el territorio sonorense, sino una vez que los exploradores volvieron a su lugar de origen, por lo que algunas veces la memoria les pudo haber hecho una mala jugada.

Mapa de Nuevo México y La Florida (1656).

¿Quiénes fueron los primeros en llegar, y por lo tanto, en escribir sobre Sonora?

Entre sahuaros, mezquites, desiertos, valles frondosos y debajo de un sol penetrante, Sonora ha sido cuna de historias fantásticas desde el arribo de los primeros europeos en 1533. Las primeras excursiones al territorio que hoy conocemos como Sonora, tuvieron el propósito de conquistar la zona, pero ese proceso fue lento a comparación de otros puntos que rápidamente invadieron los españoles, porque en esta zona encontraron poblaciones semi nómadas. Es decir, poblaciones flotantes que no se instalaban de manera permanente en un lugar. Por si fuera poco, Sonora se encuentra en medio de la Sierra madre y el océano pacífico, por lo que su ubicación geográfica dificultó las empresas de conquista tal como ocurrieron en el centro del país.

Gracias a las narraciones de los primeros que cruzaron por Sonora, como el caso de Diego de Guzmán y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la corona española se dio cuenta con rapidez que el territorio era rico en valles y montes, lo que significaba agricultura y minería. Aunado a ello, el mito de las siete ciudades, entre ellas Cíbula y Quivira, llenas de oro, había generado una expectación que llegó hasta Europa.

Es así que se formaron varias excursiones por militares y religiosos. Lo que encontraron a su paso entre 1531 y 1590, antes de la llegada de los jesuitas, originaron los primeros informes y crónicas de lo que hoy conocemos como Sonora. En estos textos se describen por primera vez los pueblos indígenas originarios, quienes se enfrentaron de diversas maneras al proceso de culturalización. Algunos tuvieron la suerte de tener un proceso en relativa paz, mientras que para otros fue aguerrido y mortal.

Algunas de las siguientes las conocemos como el descubrimiento de Sonora por parte de la Corona española, mas no como el inicio, por demás debatible, lo sé, de la literatura en el estado.

Si se pudiera sintetizar los primeros 60 años de la incursión de los yoris (europeos)  a Sonora, sería de la siguiente manera:

En 1531 se instaló Nuño de Guzmán en Culiacán. Exploró el territorio del norte, pero no hallaron ciudades importantes para conquistar, por lo que el proceso de expansión se aplazó. En 1533 su sobrino, Diego de Guzmán, llegó hasta el río Yaqui.

En 1536 cruzó Alvar Núñez Cabeza de Vaca junto con tres compañeros por el territorio sonorense, entre ellos Estebanico. Venían recorriendo el sur de lo que hoy es Estados Unidos por ocho años, después de naufragar en Florida, sin saber a dónde se dirigían. En Arizona bajaron y entraron al territorio sonorense. Poco a poco encontraron rastros de la cultura española, por lo que les pidieron a los nuevos amigos indígenas que los llevaran hacia donde estaba el hombre blanco barbudo. Es la primera vez que se describe lo que hoy conocemos como Sonora en la literatura. Cita de Cabeza de Vaca al pasar por el territorio:

“Anduvimos mucha tierra, y toda la hallamos despoblada, porque los moradores de ella andaban huyendo por las sierras, sin osar tener casas ni labrar, por miedo de los cristianos. Fue cosa que tuvimos muy gran lástima, viendo la tierra muy fértil, y muy hermosa y muy llena de aguas y de ríos, y ver los lugares despoblados y quemados, y la gente tan flaca y enferma, huída y escondida toda, y como no sembraban, con tanta hambre, se mantenían con corteza de árboles y raíces”.

Al poco tiempo, siguiendo lo que llamaron “El camino del maíz”, Cabeza de Vaca conoció a Nuño de Guzmán en Sinaloa.

Aparte de hambre y limitaciones físicas, los náufragos traían una historia interesante: aseguraban que existían siete ciudades de oro por el rumbo de Arizona y Nuevo México. Cabeza de Vaca fue a la Nueva España y habló con el virrey. La Corona española se enteró de su historia y envió a buscar las ciudades cubiertas de oro, mientras tanto, Cabeza de Vaca escribía su experiencia. Naufragios es el nombre del libro que publicó, el cual, de inmediato, fue muy leído en España y Nueva España, siendo un referente para los próximos exploradores y misioneros.

Con la finalidad de encontrar las siete ciudades de oro, el virrey designó a fray Marcos de Niza en 1539 para dicha empresa, en compañía de Estebanico, quien aseguraba saber cómo llegar. Este representa el primer mito europeo en nuestro territorio. Si bien no se aseguraba que se encontraran en su territorio, tenían que recorrerlo para llegar a esas ciudades fantásticas. Cita de Fray Marcos de Niza, en donde narra lo que seguramente era el territorio sonorense:

Y así me volví a proseguir mi camino, y fui por aquel valle cinco días, el cual estaba poblado de gente lucida y tan abastado de comida que basta para dar de comer en él á mas de trescientos de caballo; riégase todo y es como un vergel, están los barrios á media legua y á cada cuarto de legua, y en cada pueblo desto hallaba muy larga relación de Cibola, y tan particularmente me contaban della, como gente que cada año van allí á ganar su vida. Aquí hallé un hombre, natural de Cibola, el cual dixo haberse venido de la persona que el Señor tiene allí en Cibola puesta, por aquel Señor desta siete cibdades vive y tiene su asiento en la una de ellas, que se llama Ahacus, y en las otras tiene puesta personas que mandan por él.

Fray Marcos de Niza, aunque no encontró dichas ciudades, aseguró de nuevo su existencia. El mito de Cíbola y Quivira, con influencias medievales, originó muchas historias y leyendas que aún persisten. Algunos aseguran, entre fantasía y con deseos de que sea cierto, que una de esas ciudades se encuentra enterrada en el Pinacate.

Casi al mismo tiempo que Fray Marcos de Niza cruzaba por tierra, Francisco de Ulloa, comisionado por Hernán Cortés, navegó por el Pacífico con destino de la California, con la intención también de encontrar las ciudades de oro. En ese viaje Ulloa descubrió el puerto de Guaymas. Escuchemos un fragmento en donde describe su primera impresión del que llamó Puerto de puertos:

 “…el mejor que hasta hoy se ha visto, a dicho a toda la gente de mar de esta armada, y aun al parecer de los de tierra, en el cual entramos por verle y ver lo que en él había. Y después de dentro vimos otro estero que entraba la tierra más de dos leguas por la vía del norte, y la entrada de él era muy hondable y limpia y clara, y después de dentro está tan cerrado de todas partes y encubierto de la mar, que como se aparten de la boca, de ninguna otra parte la pueden ver. Tiene de fondo como cinco o seis brazas por todas partes, suelo muy limpio y de arena. La misma hondura y limpieza tiene en todo él hasta poner el costado en Tierra… Ya causa de estos puertos lo llamamos a este puerto el Puerto de Puertos.”

En 1540 cruzó el explorador Francisco Vázquez de Coronado y, tras un breve tiempo de andar por estos territorios, concluyó que no existían las deseadas ciudades de oro. Durante su viaje establecieron el primer asentamiento de españoles que se llamó San Jerónimo de los Corazones. Cuatro años bastaron para que la corona española se ilusionase por la posibilidad de las siete ciudades de oro, enviaran por tierra y por mar decenas de soldados para su exploración y finalmente se desilusionaran al no encontrar rastro alguno.

Aunque en estas hazañas resaltan los nombres de Estebanico, fray Marcos de Niza, Francisco Ulloa y Francisco Vázquez de Coronado, hubo otras personas que relataron dichos viajes pero que han quedado olvidadas en la historia, tal como Jorge Robledo, Juan Jaramillo y Melchor Díaz.

El no tener resultados significativos, los gastos excesivos, las epidemias, hambruna y muertes que azotaron a la región del Noroeste, hicieron que aplazaran las expediciones y cambiaran de estrategia. De existir tan solo una ciudad de oro, la historia hubiera sido distinta. Desde entonces enviaron a hombres religiosos a la región con la finalidad de evangelizar a los indígenas. La táctica española fue conquistar con la fe ya que no pudieron hacerlo con las armas.

Fue así que en 1591 llegaron al noroeste del país los jesuitas Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, iniciando el sistema de Misiones que dominó el territorio hasta 1767. Los jesuitas marcan un antes y un después en el noroeste del país. Por su naturaleza intelectual, los jesuitas escribirán diccionarios, historia, una gran cantidad de informes, cartas y crónicas sobre su estancia.

¿Visitar Sonora a través de google maps son las nuevas exploraciones de los extranjeros? ¿El litio en la sierra sonorense es el Quivira de nuestra época? ¿Las redes sociales son las crónicas contemporáneas? Aún no se escribe la gran novela de estos primeros exploradores. Estebanico puede ser un excelente personaje de Pérez Reverte. Nuño de Guzmán de Enrique Serna.

Entre los autores y autoras que cuentan con obra literaria vinculada con el estado, podemos mencionar que Francisco Rojas González quedó cautivado por la historia de Lola Casanova, al punto de escribir una novela con el mismo nombre. Emma Dolujanoff, una doctora del centro del país, radicó un tiempo en el sur de Sonora, cuya experiencia originó el  libro Cuentos en el desierto. Camilo José Cela le interesó el desierto de Arizona, visitó el territorio por un breve tiempo con la orientación de Miguel Méndez y escribió la novela Cristo versus Arizona. Roberto Bolaño ambientó sus últimas novelas en el estado con la guía del Atlas de Sonora de Julio César Montané. En años recientes, Paty Godoy exploró los Desiertos de Sonora a través de una crónica experimental extendida trasmedia bajo la influencia de la narrativa de Bolaño, mientras que Élmer Mendoza colocó a los personajes de su novela juvenil La cuarta pregunta en el desierto de El pinacate.

Desde el siglo XVI, la experiencia del extranjero, del yori, colocó a Sonora en el mapa de la historia y la literatura. Desde entonces el estado ha recibido a incontables viajeros que a través de sus experiencias han descrito un Sonora fantástico y salvaje que ha nutrido el imaginario sonorense dentro de la literatura.

Bibliografía consultada

-Córdova, René. “Europeos en el Valle de los corazones: de Cabeza de Vaca, Niza y Vásquez de Coronado”, Foro de Misiones del Noroeste de México 2013. FORCA, 2015.

-Donjuan Espinoza, Esperanza. “Avatares de la misión de San José de Guaymas, un recuento de sus bienes y sus males”, Foro de Misiones del Noroeste de México 2011. FORCA, 2013.

-Núñez Cabeza de Vaca, Álvar. Naufragios y comentarios. App editorial. Sin fecha.

-Montané Martí, Julio César. Por los senderos de la Quimera. UNISON e ISC, 1995.